• Luis Melgar

Cómo conocí a Nefertiti (II). El carrito del hielo, Lawrence Darrell y las tumbas gays de Saqqara



Tras el choque cultural de los primeros días, una vez superada la tarea de luchar con taxistas asesinos y conquistada la habilidad de cruzar autopistas supersónicas a pie, la vida en El Cairo se fue volviendo, si no rutinaria, al menos sí un poco más predecible.


Despacio, muy despacio, me fui haciendo con el trabajo en la Embajada. Era la primera vez que ejercía como diplomático, aunque fuese en prácticas, y para mí era nuevo. Telegramas, cifra, reuniones de coordinación con colegas europeos, actos culturales, despedidas de funcionarios que se van y bienvenidas de otros que llegan… un sinfín de pequeñas cosas, con el paso de los años, se han ido convirtiendo en mi día a día, pero que por aquel entonces me parecíanel no va más de la novedad.


Amén de trabajar, durante aquellos primeros días trabé amistad con los que serían mis guías y maestros a la hora de descubrir los secretos cairotas. Se trataba de Tomás, el consejero político y todo un experto islamólogo; Elvira, la becaria cultural, y Antonio, el becario de la Escuela Diplomática. Los tres me cogieron por banda una de esas tórridas tardes del mes de julio y me llevaron a visitar el llamado barrio islámico, donde están algunas de las mezquitas más antiguas y famosas de la ciudad. Paramos a tomar un té y fumar una shisha (sí, por aquel entonces aún estaba intentando dejar de fumar y me engañaba a mí mismo diciéndome que la shisha no es tabaco de verdad) en una terraza del Jalili y allí, una vez más, tuve una experiencia religiosa de esas que le definen a uno de por vida: ver el carrito que servía hielo a los bares y restaurantes.


El carrito en cuestión consistía en un anciano que guiaba a un burro que a su vez tiraba de un carro antiquísimo, como de la edad media, en el cual había varias barras de hielo de un metro de largo, puestas directamente sobre el suelo del carro y tapadas con una manta de felpa. Frente a nosotros, el anciano cogió una barra de hielo con sus manos, que como supondréis estaban impolutas, y se la entregó al camarero del sitio en que nos encontrábamos, que procedió a introducirla en un barril. Ni corto ni perezoso, el camarero rellenó una jarra con el agua de ese mismo barril y la depositó gentilmente sobre nuestra mesa. El caso es que, dada mi natural despiste, estuve a punto de beber de esa agua, pero por fortuna Tomás me detuvo cual Zeus lanzando su rayo.


—¡Insensato! ¿Quieres morir entre atroces dolores? ¿No has visto de dónde viene el agua?


Una vez más, Tomás gracias por evitarme una muerte tan temprana. No quiero pensar en el disgusto que se hubiera llevado mi gato.


Otra de las tardes, Tomás, Antonio y Elvira decidieron llevarme al espectáculo de luz y sonido de las pirámides. La oportunidad de admirarlas a la luz de las estrellas en el único momento del día en que hace, si no fresco, al menos una temperatura agradable, fue maravillosa. Pero el espectáculo en sí era inenarrable. Las luces rosas, violetas, amarillas y moradas iluminando las tumbas de Keops, Kefrén y Micerinos eran bastante kitsch, pero el texto del show estaba a caballo entre el surrealismo y lo puramente incoherente. Yo, que había soñado mi primera visita a las pirámides como un episodio sacado de Muerte en el Nilo, quedé francamente horrorizado.


El jueves empieza el fin de semana en Egipto, de modo que aproveché para hacer una visita a Alejandría, donde decidí alojarme en el hotel Cecil, el más literario de la ciudad, con la esperanza de que los recuerdos de Lawrence Durrell y su Cuarteto de Alejandría despejaran las pesadillas provocadas por el espectáculo de luz de las pirámides. Clásico y colonial tal y como lo había imaginado, aunque ciertamente deteriorado, lo cual no me molestó en absoluto. Casi podía imaginarte a Justine y a Balthazar y al resto de personajes de las novelas de Durrell caminando por allí con sus devaneos existenciales.


Alejandría me pareció preciosa, más tranquila y mediterránea que El Cairo, pero si uno piensa en encontrar algo de la ciudad que fundó Alejandro Magno… imposible, no queda prácticamente nada. Hay un par de columnas griegas, unas catacumbas no especialmente espectaculares y una fortaleza en la que se vende pescado fresco, que se alza donde antaño estuvo el Faro de Alejandría. La nueva Biblioteca de Alejandría no tiene papiros ni tratados perdidos de los sabios de antaño, sino que me recordó más bien al Enterprise de Star Treck.


El sábado regresé a El Cairo dispuesto a hacer mi primera visita en condiciones a las pirámides. Conté para ello con Amin, un antiguo chófer de la embajada que se había jubilado ya y prestaba sus servicios de conductor y guía turísticos a los extranjeros poco espabilados como yo, que me llevó de una sentada a ver Giza y Saqqara. Me puse mi sombrero de panamá, mi camisa de lino y me dispuse a tener la experiencia egipcia que había soñado desde niño. Esta vez no quedé decepcionado, todo lo contrario. Miré debajo de cada piedra, entré en todo lo que se podía entrar y en algún sitio en el que no y, en general, estuve en éxtasis continuo durante las siete horas que duró la excursión. El único problema, los habibisacosadores que intentaban servirte de guía, venderte agua, regalarte escarabajos de la suerte, ponerte un pañuelo en la cabeza, venderte una estatua dorada de Nefertiti, darte un paso en camello, venderte a su madre… lo que sea, sin parar, todo el tiempo. Terrible, terriblemente pesados. La frase «la, shukran» quedó grabada de forma indeleble en mi cerebro, con la variación «la, habibi» para los niños que me perseguían cantando la canción «money, money, money».


Saqqara me resultó mucho más tranquila, ya que allí no suelen ir los turistas de viaje organizado. En la pirámide escalonada no se podía entrar, pero sí en la pirámide de Tety (cuyo nombre en jeroglífico reconocí gracias a mis lecciones infantiles de gramática egipcia), así como en otros templos y mastabas del yacimiento. Allí en Saqqara descubrí algo que de inmediato incorporé a las notas mentales que acabarían por convertirse en La peregrina de Atón: la primera tumba gay de la historia.





Los protagonistas son Niankhkhnum y Khnumhotep, funcionarios al servicio del faraón Nyuserra, alrededor del año 2400 a.C. Aunque ambos tenían sus respectivas esposas e hijos, los frescos de las paredes sugieren que fueron pareja en vida y lo cierto es que decidieron ser enterrados juntos. En la tumba hay escenas que los representan cogidos de la mano, besándose y en todo tipo de actitudes íntimas y cotidianas.


Fue ahí cuando me di cuenta, por primera vez, de que el Antiguo Egipto era mucho más moderno de lo que yo había pensado. Si dos hombres que trabajaban al servicio del faraón podían ser amantes y eran enterrados juntos, eso significaba que la homosexualidad en Egipto no era un tabú tan fuerte como en otras civilizaciones de la época. Eso encajaba muy bien, ciertamente, con la idea de que Akenatón pudo haber sido un faraón queer… más de 1000 años después de que Niankhkhnum y Khnumhotep iniciaran juntos su viaje a la eternidad.


(Continuará…).


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