• Luis Melgar

Cómo conocí a Nefertiti (V). Recibimientos y despedidas en la ciudad de los gatos.



Terminó el mes de julio de aquel año del Señor de 2009 y, con él, crucé el ecuador de mi estancia cairota. Según empezaba agosto, pude constatar que se vivían días de transición en la embajada. La estampida vacacional general culminó con la partida del embajador. El consejero cultural se fue después de sus tres o cuatro despedidas, me temo que perdí la cuenta en algún momento; el segundo de la embajada se marchó para no volver para dejar paso a su sustituto. Hasta buena parte de los becarios se marcharon. Vamos, que la mayor parte de la gente que había conocido se había marchado ya, con algunas honrosas excepciones, y me tocaba empezar a conocer a los que acababan de llegar.


Fue entonces cuando acuñé una máxima que he utilizado desde entonces: la vida diplomática consiste en un sinfín de recibimientos y despedidas, porque cuando estás en destino, siempre estás llegando o marchándote, o si no, recibiendo o despidiendo a alguien.


Tras el paso del huracán Tatita, apenas tuve unos días para recuperar el resuello antes de prepararme para recibir a mi siguiente invitado: mi querido esposo, Pablo. Aunque por aquel entonces aún no nos habíamos dado el sí quiero, nuestra relación ya estaba lo bastante asentada como para que el decidiera consumir el grueso de sus vacaciones visitándome en Egipto.


Una vez más, mi fiel Amin y yo tomamos la carretera del aeropuerto. Durante el trayecto tuve ocasión de presenciar un fenómeno que me había pasado desapercibido hasta entonces, probablemente por mi carácter despistado: vi a un minusválido en plena autopista en su silla de ruedas. El pobre hombre circulaba por la calzada como un coche más, haciendo sus maniobras, giros e insultos correspondientes. Me pregunté si se habrá hecho instalar una bocina… al parecer, dado el estado de las aceras de El Cairo, todos los paralíticos tienen que circular así. No quiero preguntarme qué será de los ciegos, sobre todo a la hora de cruzar la calle. En otra ocasión vi a uno, que iba blandiendo su bastón a modo de espada para abrirse camino e iba profiriendo maldiciones.


Por algún motivo, la llegada de Pablo a la frontera egipcia no fue tan sencilla como la de Tatita. Imagino que a ella la guían en sus pasos por el extranjero la Virgen de Fátima y la santa-no-santa María Adelaide, pero Pablo tuvo que enfrentarse a los trámites aduaneros en solitario, lo cual significa que necesitó algo más de una hora y varias llamadas telefónicas para conseguir su visado de turista y aparecer con sus maletas.


Recuerdo que pensé que, como Pablo se quedaba bastante tiempo, no iba someterle al régimen intensivo de visitas que había patentado con Tatita. Intentaría administrar su conocimiento de El Cairo en pequeñas dosis… pero claro, como los siguientes fines de semana nos íbamos a ir, respectivamente, a hacer el crucero del Nilo y a Sharm El Sheik, quise aprovechar estos dos días para llevarle a sitios a los que él no iría solo. ¿Significado? Su primera visión de El Cairo, el viernes por la mañana, fue la Ciudad de los Muertos, en concreto los alrededores de la mezquita-mausoleo del sultán Qaitbey. Es sin duda la zona más pobre de la ciudad, donde como ya he comentado en capítulos anteriores, la gente vive en las tumbas, a las que se ha provisto de antena parabólica. Hasta hace pocos años, no había luz ni agua, pero el Ayuntamiento de El Cairo hizo un gran esfuerzo por adecentar estos barrios, de modo que sus habitantes tuvieran todo tipo de comodidades y hasta tiendas de conveniencia.


El taxista no sabía ir, le tuve que indicar yo… ¡yo!... y en árabe. Pablo me miraba impertérrito: el sabe de sobra que no me oriento en mi propia casa. Nos costó llegar, pero lo logramos. Mi futuro marido, con mucho criterio, pensó que si se iba nuestro taxista íbamos a ser incapaces de encontrar otro transporte de vuelta, así que le hicimos esperar mientras dábamos una pequeña vueltecita entre un catálogo de olores digno de la mejor perfumería parisina.


—Si no querías que viniera me lo podías haber dicho y ya está —me dijo Pablo, con el humor que le caracteriza.


Pillé al vuelo la indirecta, volvimos a subir al taxi y pusimos rumbo a la mezquita de Ibn Tulum. Como era viernes, la gente estaba rezando y no se podía entrar, pero fue una auténtica experiencia pasear por el corazón del barrio islámico mientras las familias se dirigían a su oración en grupo semanal, mientras los altavoces de los minaretes retransmitían a voz en grito las homilías y predicaciones de los diferentes imanes.


Caminamos desde Ibn Tumul hasta Sultán Hassan, y de ahí cruzamos el mercado de comida de los habibis para llegar hasta el Khal el Khalili… puntualizo, hasta la parte “local” del Khal el Khalili, donde los cairotas van para aprovisionarse de víveres. Viendo las cabezas de cordero, los peces llenos de moscas y los hígados de camello, que aquí son una exquisitez digna de un califa, Pablo decidió que no pensaba comer en el resto de su estancia en la ciudad. Luego se ablandó, y para cuando llegamos a la zona más turística del mercado, le hice probar la comida egipcia en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Gracias sean dadas al Profeta, le gustó.




De ahí, mezquita de Al-Azhar y al hotel a disfrutar un poco de la piscina y de una buena siesta. Creo que en su compañía fue la primera vez que tomé un cóctel en condiciones en El Cairo. Y por la noche, quedamos para cenar con Elvira y su madre en un restaurante llamado Blue Nile, que es otro barco situado a orillas del Nilo.


El sábado sometí a Pablo a un intensivo de pirámides, siempre gracias al buen hacer de nuestro querido Amin. Fuimos a Guiza y Saqqara, que yo ya había visto, y como propina, Dashur y Menfis, nuevas para mí. En Guiza entramos en la pirámide de Kefrén, parecida a la Keops, y en Saqqara hurgamos un poco por todas partes. Después Dashur, que es un recinto militarizado donde hay varias pirámides como la roja, la negra y la inclinada, casi todas ellas obra del padre de Keops, que se hizo nada menos que tres monumentos funerarios, ya que ninguno quedaba completamente a su gusto. A la única que se puede entrar es a la Pirámide Roja, hecha por el faraón Seneferu, padre de Keops, y es una preciosidad. Se sube por unas escalerillas extremadamente angostas y se entra por un agujero en medio de la roca. Al bajar por el estrechísimo conducto, se va notando un fuerte olor a amoniaco, cuya fuente desconozco, que se hace aún más intenso al llegar a la primera cámara, situada en medio de la pirámide, de unos 13 metros de altura. Desde ahí se sube por otras escaleras y otro conducto, por el que hay que ir casi a gatas, hasta la cámara funeraria, donde está el sarcófago de granito negro que perteneció al faraón. Maravilloso, pero eso sí, Pablo y yo salimos con calambres en las piernas y un poco mareados debido al olor. ¿Sería pis de gato? No sería de extrañar, porque El Cairo está repleta de gatos, preciosos y elegantísimos… ¿pero dentro de la pirámide?


La última parada fue Menfis, antigua capital de los faraones, cuna de una de las civilizaciones más gloriosas de la Historia. Ahora es un pueblo bastante humilde, por el cual transcurre un arroyo de aguas estancadas y malolientes. La gente iba en burro por la calle. Los únicos restos de la antigua ciudad están en un museo al aire libre, en el cual puede verse el coloso tumbado de Ramsés II (siempre me he preguntado por qué no lo pondrán de pie), una pequeña esfinge y otro par de estatuas y trozos de columnas.


Así transcurrieron los primeros días de la visita de Pablo. Pasado el susto inicial en la Ciudad de los Muertos y la parte más local del Khal el Khalili, cuando pensé que quizás se volvía a subir al avión y me dejaba plantado allí, la cosa fue bien. Pablo compartió conmigo la pasión por ese lugar tan mágico de la tierra que siempre, siempre había querido visitar.


Aún nos quedaba lo mejor porque, apenas tres días después, pondríamos rumbo a Asuán para embarcarnos en el crucero del Nilo.


(Continuará).

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