• Luis Melgar

Los cuentos de Paula (I). Quiero que mi bebé sea un lector feroz, ¿cómo lo consigo?



A Pablo y a mí nos encantan los libros. Los dos escribimos, los dos leemos mucho y sí, por qué no reconocerlo, los dos hemos sido un poco “empollones” de pequeños. Ambos somos de los que hemos aprendido mucho en libros. Cuando nació Paula, una de nuestras prioridades era educarla en la lectura, hacer de ella una lectora feroz, como decía mi amiga Susana, la bibliotecaria de Malabo.


En todas las guías de paternidad para primerizos encuentras una fórmula mágica que, ciertamente, nunca falla: si quieres que tu hijo lea, asegúrate de que te vea leyendo a ti y pronto querrá imitar tu comportamiento. Pero claro, cuando nació Paula, Pablo y yo llevábamos ya varios años viviendo en el extranjero y en lugares donde nos es fácil comprar libros. En Guinea Ecuatorial solo había una librería, en Venezuela había muchas, pero las novedades prácticamente no llegaban hasta allí, y en China… pues eso, hay libros en chino. El caso es que nosotros somos adictos al Kindle y lo leemos todo allí. ¿Cómo le explicas a un niño pequeño que el libro electrónico es un libro de verdad, y no un dispositivo electrónico como el teléfono móvil o la tableta? Con tres años Paula ya lo sabe, pero cuando nació, obviamente, no.


¿Qué hicimos entonces? Estrujarnos la mente, claro.


Como antiguo opositor, yo soy muy de rutinas. Cuando considero que algo es importante, me creo el hábito de hacerlo a diario y así ya no se me olvida ni me cuesta esfuerzo, simplemente lo hago. Con la lectura hice así. Paula apenas tenía unos días de vida cuando diseñé la rutina que seguimos utilizando hoy para irse a la cama: primero le leo un cuento, después baño y, por fin, a dormir.


Al principio de los principios, cuento y baño venían a la vez. Mi amiga Ángela le había regalado unos libro baño de la editorial LIBSA que me parecieron totales. Son muy sencillitos, para bebés muy pequeños, y como están hechos de plástico, se pueden mojar sin problemas. A Paula le encantaron desde el primer momento. Algún tiempo después, comenzamos a separar el cuento de la bañera. Aunque siguió bastante tiempo con los “libro baño” de Ángela, empecé a leerle un cuentecito, sentada en mi regazo, antes de desnudarla para comenzar el ritual de limpieza. Pero, ¿qué cuento se le lee a un niño que tiene semanas, meses de vida?




A esa edad, los niños no tienen capacidad para seguir una historia. Lo que les gusta es escuchar tu tono de voz y ver los dibujos. Hay un montón de libros apropiados para eso. La mayoría van sobre animales, en plan el gallo dice kikirikí, la vaca dice mu, el pato dice cuac. Recuerdo preguntarme por qué los niños tenían que aprender cómo hablaban los animales antes de saber hacerlo como las personas, pero el caso es que funciona… a Paula chiflaron desde el principio y, lo más importante, se acostumbró enseguida al libro como fuente de cosas nuevas y divertidas.


El problema con los libros infantiles, hay que reconocerlo, es que son caros. Los libros que utilizan los niños más pequeños se quedan viejos enseguida, primero porque los rompen o los muerden o los meten en la papilla, pero también porque tu hijo evoluciona muy deprisa y pide cuentos más avanzados. Vaya, que tener una variedad surtida de libros adecuados para todas las edades no es tan sencillo. ¿Solución? En nuestro caso, cada vez que un amigo nos preguntaba qué podía regalarle a Paula, le decíamos eso, que un libro. Fue así como descubrimos la colección “De la cuna a la cama” de Kalandraka, al Osito Tito de Planeta, los libros musicales de Hachette Infantil o los de texturas y por supuesto Pepe y Mila de SM... ¡por no hablar del Pollo Pepe y sus compinches! Todos esos, y muchos más, los disfrutamos con Paula durante los primeros meses gracias a los regalos que nos fueron haciendo.


Además de leerle cuentos antes de dormir, siempre hemos dejado que Paula juegue ella sola con sus libros. También tuvo varios de tela, como los Cinco Lobitos de Estrella Ortiz y Totopo Borwn, pero sobre todo le gustaban los de papel. Los que podían romperse, vaya. Confieso que tuve frecuentes ataques de TOC viendo como la niña destrozaba progresivamente objetos que para mí han de ser dignos de veneración, pero me contuve. Le expliqué una y mil veces que a los libros hay que tratarlos con cariño, que hay que cuidarlos y tener cuidado con ellos. Poco a poco lo ha aprendido y ahora, cada vez que coge un libro, dice ella sola «con mucho cuidadito»… pero de bebé se cargó más de uno y más de dos.


Algunos han sobrevivido hasta ahora. Otros han perecido víctimas de las diversas catástrofes naturales que acarrea la infancia. Pero gracias a todos ellos, puedo decir que hoy, para Paula, un libro es su juguete favorito.


PS. La idea de este post se la debo a mi amiga Isabel de www.viajesdelibro.es. ¿Os parece interesante? ¿Queréis que os siga contando cómo avanzan los progresos de mi joven lectora feroz? Y si tenéis algún consejo, por favor, ¡compartidlo!


(Continuará…).


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