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Tres españoles en una ciudad al borde del abismo.

  • Writer: Luis Melgar
    Luis Melgar
  • May 10
  • 4 min read

Cuando se piensa en el Shanghái de los años treinta, lo primero que suele venir a la cabeza son los grandes hoteles del Bund, los clubs nocturnos, el humo del opio, los espías, los magnates chinos, los aventureros occidentales y esa mezcla de lujo y peligro que hizo de la ciudad una leyenda. Todo eso estaba allí, por supuesto. Pero entre esos retazos había también una pequeña colonia española de presencia más discreta, menos conocida y, precisamente por eso, para mí mucho más atractiva.

 

No era una comunidad numerosa. No podía competir en tamaño con los británicos, los franceses o los norteamericanos. Y, sin embargo, tenía algo muy propio, un color muy particular, una forma singular de estar en la ciudad. Como ya he dicho en otras entradas de este blog España no tenía una concesión, pero sí algo muy valioso, el estatuto de extraterritorialidad. Dicho de otro modo, nuestro cónsul tenía poder real y podía proteger, mediar, influir, ejercer autoridad y aplicar la ley española sobre sus compatriotas. En una ciudad partida en jurisdicciones, favores, intereses comerciales y lealtades movedizas, eso era mucho más que un detalle diplomático. Era una forma de existencia.

 

Esa colonia vivía en una posición curiosa dentro del mapa emocional de Asia. La España peninsular quedaba lejos, naturalmente, pero Filipinas no. Y eso lo cambiaba todo. Buena parte de ese mundo hispano que aparece reflejado en la novela no llega directamente de la península, sino que pasa antes por Manila, por esa élite hispano-filipina que durante décadas dominó el comercio, los negocios y una cierta manera de estar en el mundo. Esto le daba un tono distinto, menos rígido, menos castizo y más mestizo, más acostumbrado a moverse entre varias orillas a la vez. Esa especificidad me interesó mucho desde el principio, porque tenía algo profundamente novelesco.

 

También me gustó descubrir que la huella española no estaba solo en los apellidos o en los despachos, sino en la propia ciudad. Ahí aparece Antonio Ramos Espejo, un potentado magnate que introdujo el cine moderno en China y que manejaba decenas de salas en China, y también Abelardo Lafuente, un arquitecto español que ayudó a dar forma a algunos de los espacios más elegantes del viejo Shanghái. Me resultó muy interesante descubrir que en medio de una ciudad tan llena de disfraces, neones y salones, hubiera también una mano española dibujando cines, hoteles y lugares de fiesta.

 

Quería además mostrar que esa colonia no era un grupo uniforme. Por eso asoman en ella los pelotaris, que cuando tenga tiempo para escribir más en este blog merecerán una entrada propia. Me siguen pareciendo uno de los detalles más asombrosos de aquel mundo. Pensar en unos jóvenes vascos jugando al jai alai en Extremo Oriente, con contratos, prestigio y seguidores, convertidos en parte del paisaje de una ciudad tan alejada de su tierra... El Auditórium existió de verdad, y Teodoro Jáuregui también.

 

De ese pequeño mundo salen Isabel, Miguel y Asier, que son tres maneras muy distintas, y completamente reales, de ser español en Shanghái. Isabel de la Cruz es española-filipina. Viene de esa élite hispana instalada en Manila desde antes de 1898, pero su vida la ha llevado mucho más lejos. Ha pasado por Madrid, por la Residencia de Señoritas, por la Institución Libre de Enseñanza, ha conocido a Lorca y a Dalí, ha vivido en París y ha terminado en Shanghái convertida en fotógrafa. Todo eso me importaba mucho, porque explica su manera de mirar. Isabel no observa la ciudad como una turista ni como una señorita bien, protegida por su familia, sino como una mujer que ya ha visto bastante mundo, que sabe lo que vale, que guarda en secreto un gran drama de juventud y que no está dispuesta a aceptar el papel que otros han escrito para ella. Tiene ironía, tiene hambre de vida, tiene ambición y tiene una incomodidad muy fértil frente a casi todo lo que la rodea. Es, sobre todo, una mujer que no se deja domesticar. Como tiene que ser.

 

Miguel Roxas, en cambio, pertenece de lleno al mundo del dinero, los apellidos y las herencias. Procede de esa gran élite hispano-filipina vinculada a San Miguel, a los Roxas, a los Soriano, a esa red de familias que hicieron fortuna entre Manila y Shanghái. Pero lo que más me interesaba mostrar de Miguel no era su posición, sino su contradicción. Tiene encanto, educación, dinero, buen gusto, presencia. Ha nacido para moverse con naturalidad en los salones correctos. Y, sin embargo, vive atrapado en sí mismo. Hay en él una mezcla de debilidad, ternura, miedo y deseo de otra vida que se fue configurando según escribía la novela. He de confesar que me costó trabajar su personaje para poder hacer encajar esta personalidad tan poliédrica. Miguel pertenece al mundo de los privilegiados, sí, pero no deja de ser también un prisionero.

 

Asier Ormaetxe llega desde el extremo opuesto. No desde la comodidad, sino desde la huida. Es un joven vasco que recala en Shanghái buscando una nueva oportunidad, soñando con abrirse camino como pelotari y acaba sobreviviendo como puede en una ciudad que primero lo descoloca y luego lo absorbe por completo. Quizá por eso es el personaje más expuesto, el que mira la ciudad desde la intemperie, desde el cuerpo, desde la necesidad, el deseo, el miedo. Con Asier quería contar no solo el desarraigo, sino también otra historia más secreta, relacionada con la de quienes encontraron en la China de los años treinta un margen de libertad sentimental y sexual que Europa no siempre estaba dispuesta a concederles. Asier entra en Shanghái casi como un náufrago, y precisamente por eso ve cosas que otros no ven.

 

Al final, lo que más me interesaba era que estos tres personajes no parecieran fichas colocadas sobre un decorado histórico, sino tres maneras distintas de caer dentro de la misma tormenta. Isabel llega con su Leica, su inteligencia y su pasado a cuestas. Miguel con su apellido, su dinero y su falta de coraje. Asier con su cuerpo, su hambre de afecto y su necesidad de encontrar un lugar en el mundo. Los tres pertenecen, de una forma u otra, a esa pequeña constelación española de Shanghái. Pero los tres están ya, aunque al iniciar la novela no lo sepan todavía, al borde del abismo.


Aquí os dejo una representación idílica de ellos tres: Asier, Isabel y Miguel en el Paramount, en uno de los primeros capítulos del libro.



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