• Luis Melgar

Los cuentos de Paula (III). El dilema de los clásicos y los personajes femeninos.



Hoy es 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo según el santoral católico, y celebramos la onomástica de Paula. Muchas veces la gente me pregunta por qué no lo festejamos el día de Santa Paula de Roma, el 26 de enero. La respuesta es sencilla. Elegimos el nombre para seguir con la tradición de la familia de Pablo, cuyos primogénitos llevan llamándose así varias generaciones. Quedamos en que, si era un niño, se llamaría Pablo y, si era una niña, sería Paula. Así que, forzosamente, el santo de Paula tiene que ser el mismo día que el de su bisabuelo que inauguró la tradición: hoy, 29 de junio.


Y para celebrarlo, qué mejor manera que hablar de ella en mi blog. Hoy propongo un tema sobre el que he pensado mucho: el dilema de los clásicos.


Todos tenemos en la cabeza una serie de historias infantiles que forman parte del inconsciente colectivo. Algunas de ellas se remontan a Parrault, como la célebre Caperucita Roja. Muchas, muchísimas son cuentos de los hermanos Grimm como El lobo y las siete cabritillas, Blancanieves, El príncipe rana o El gato con botas. Tampoco podemos olvidarnos de La sirenita, de Hans Christian Andersen, o Las aventuras de Pinocchio, de Carlo Collodi de Florence. Y, por supuesto, hay otras relativamente más modernas, como El maravilloso mago de Oz de Lyman Frank Baum y Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll.


Todas ellas tienen indudables elementos positivos. Son historias potentes, que han llegado a convertirse en clásicos por méritos propios. Trasmiten una serie de valores positivos de una forma fácil de entender para los niños. Por ejemplo, Caperucita y El lobo y las siete cabritillas les explica por qué hay que tener cuidado con los desconocidos, ¡nunca sabemos quién puede ser un lobo camuflado! Con Pinocchio aprendemos que la mentira no solo está mal, sino que además a un mentiroso siempre se le acaba descubriendo… y, con El príncipe rana, enseñamos a nuestros hijos que la belleza está en el interior.


Hay más que eso. Estas historias forman parte de nuestra vida y es bonito compartirlas con la próxima generación. A veces le pongo a Paula la canción de Somewhere over the rainbow cantada por Judy Garland cuando le leo El mago de Ozy me emociono al ver que se sabe la letra. ¿Qué decir de Blancanieves? Mientras estaba en la universidad, actué varios años en la función infantil Blancanieves y los siete bajitos dirigida por Mara Recatero, en el Teatro Español. Ahora me muero de amor cuando imita mi risa de bruja malvada. Por no mencionar lo orgulloso que me siento de ella cuando habla del gato de Cheshire con una pronunciación que ya quisiera para sí la reina de Inglaterra.



Ahora bien, los cuentos clásicos tienen un problema indudable y es que a menudo los roles de género no están representados tal y como a nosotros nos gustaría. Me fastidia que Blancanieves se quede en casa de los enanitos haciéndoles la comida mientras ellos se van a la mina a trabajar, y me saca de quicio que al final necesite a un príncipe que la rescate. A Caperucita y a su abuelita se las comería el lobo si no llega a aparecer el valiente y viril cazador. La sirenita lo deja todo para perseguir a un hombre que no la acepta tal y como es. Y no he dicho nada antes de la Bella y la Bestia, un caso claro de violencia de género con un monstruo que primero rapta al padre, luego a la hija y al final… ¡le perdonamos, porque resulta que en el fondo es un príncipe y, además, guapo!


El papel que desempeñan los personajes femeninos en la mayoría de los cuentos clásicos no es el que queremos transmitir a nuestros hijos. La diversidad familiar, con niños con solo un papa o una mamá, o dos mamás o dos papás, brilla por su ausencia. La violencia suele estar más justificada de lo que nos gusta, al lobo malo se le puede despellejar y matar a la mínima de cambio, y cuando Alicia come setas y pasteles de chocolate, bebe líquidos extraños y empieza a tener alucinaciones, realmente no sé qué le estoy contando exactamente a mi hija.


¿Qué hacer entonces? ¿Renunciamos a los cuentos clásicos? ¿O sacrificamos nuestros valores con tal de que la niña se quede contenta mientras Aladdin le enseña a Jasmine su mundo ideal?


No tengo la respuesta definitiva. Obviamente, lo ideal sería que editoriales y escritores nos ofrecieran versiones modernizadas de esos cuentos clásicos. Algunas se encuentran pero, reconozcámoslo, no son tan habituales. Paula aún no lee sola, normalmente soy yo el que le cuento la historia, así que lo hago a mi manera y modifico las cosas que no me gustan. Por el príncipe de Blancanieves suelo pasar de puntillas y la sirenita siempre sale del mar porque tiene ganas de aventuras, no porque se haya enamorado de un príncipe idiota. Otras veces cuento la historia tal cual, pero intento explicarle, por ejemplo, que antes a las niñas no las dejaban ir al cole a estudiar y se tenían que quedar en casa, pero que ahora las cosas han cambiado. No sé, según me da.


Una cosa está clara. La literatura infantil está cargada de estereotipos sexistas, de manifestaciones de micromachismo y de roles sociales que, por fortuna, se han quedado atrás. Si queremos que nuestros hijos, niños y niñas, construyan una sociedad mejor y más justa que la nuestra, más nos vale estar atentos a estos detalles desde el principio.


(Continuará…).


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