• Luis Melgar

Biopsia literaria. La edad de la ira, Thirteen reasons why y el temor a la hija adolescente


Llego un poco tarde para comentar La edad de la ira, de Nando López, que ya tiene más de diez años. Me imagino que, como muchos, he aterrizado en ella a raíz de la serie de ATRESMedia, que por un lado está mucho mejor construida que la novela, pero por el otro se queda en la primera capa de profundidad de las muchas que tiene el libro.


Confieso que me interesa mucho la literatura juvenil, tanto para leerla como para escribirla. Supongo que el adolescente que fuimos nunca termina de desaparecer, y todos seguimos llevando dentro a esa personita insegura que intenta averiguar quién es. La novela de Nando López resuena profundamente con muchos de los temas a los que se enfrentan los adolescentes de todos los tiempos: la búsqueda de la propia identidad, el descubrimiento del amor y del sexo, la oposición a los padres, la figura del maestro… es una novela valiente y, desde mi punto de vista, muy polémica.


La edad de la ira contiene una crítica nada velada al sistema de enseñanza público de nuestro país y desmitifica sin piedad la figura del profesor. En un momento del libro, uno de los docentes afirma que él no está en el instituto «para ser Robin Williams en El club de los poetas muertos». La mayoría de los profesores que aparecen en el libro no se limitan a quejarse de la falta evidente de recursos, humanos y materiales, sino que confiesan abiertamente que han acabado en esa profesión supuestamente vocacional por puro rebote, en búsqueda de un puesto y de un salario fijos con unos buenos horarios y un régimen vacacional muy favorable. Incluso los pocos que sí están ahí por vocación se sienten desmotivados y cansados de poder desempeñar el papel que la sociedad espera de ellos. Y, sabiendo que Nando es profesor, su veredicto me asusta. Mucho.



Los guionistas de la serie han introducido un cambio de estructura, probablemente acertado: desaparece la figura del periodista que se infiltra en el instituto para descubrir si Marcos es o no el asesino que todo el mundo cree. Por desgracia, también han descafeinado el contenido de la novela eliminando toda la reflexión y crítica a nuestro sistema educativo. Si el tema del libro es, a mi juicio, cómo los profesores no tienen herramientas para llegar realmente a los chavales, el tema de la serie es el efecto terrible que el maltrato (siempre de manos de un hombre, como todos sabemos) tiene sobre una familia entera.


Tanto con la serie como con el libro, no he podido evitar acordarme de Thirteen reasons why, quizá una de las series de TV que más me han impactado de todos los tiempos. Pablo y yo la vimos estando «embarazados» de Paula y la idea de que algo así pueda llegar a pasarte es sencillamente aterradora. La familia de Hanna Baker, la protagonista, no está desestructurada, no hay malos tratos. Son una familia unida y cariñosa que se lleva bien. Los padres son buenos padres. Y, sin embargo, la chica padece una serie de episodios de bullying y acoso que culminan con una violación y la llevan a suicidarse. Escalofriante, porque los padres, que por otro lado están bastante unidos a su hija, no se enteran absolutamente de nada hasta que ya es tarde.



Con Thirteen reasons hice lo mismo que con La edad de la ira y, tras ver la serie, me devoré el libro. En este caso, los guionistas fueron totalmente fieles al texto. La novela es igual de impactante y perturbadora que la serie.


Por una vez, el motivo de esta biopsia literaria no es solo comentar un libro que he leído y quiero recomendar, sino hacer una breve reflexión sobre la aterradora adolescencia de nuestros hijos. Hay un cierto elemento de ruleta rusa, porque niños que han sido auténticos angelitos se convierten como por arte de magia en auténticos horrorescentes con los que no hay manera de acertar.


El caso que cuenta Nando en La edad de la ira da, quizá, menos miedo. Todos tenemos más o menos claro (o, al menos, deberíamos tenerlo) que un padre maltratador que además no acepta la identidad de su hijo es una causa casi segura de una adolescencia traumática. Marcos, el protagonista, es un chaval más bien encantador, con sus cosas como cualquiera de nosotros, que solo empieza a sacar los pies del tiesto cuando su padre le prohíbe ser quién es. El caso de Hanna Baker es mucho más terrorífico. Una niña fantástica, unos padres cariñosos, incluso un círculo de buenos amigos y, a pesar de todo, surge un drama adolescente que ni padres ni maestros son capaces de detener.


Nando López reflexiona en su libro sobre cómo los institutos públicos no tienen los recursos para llevar a cabo la educación humana de sus maestros, reflexión que también está presente en Thirteen reasons why. Incluso habla de la figura del tutor y asegura que es imposible que llegue a conocer por completo a treinta o más alumnos con los que apenas comparte cuarenta y cinco minutos de tutoría a la semana. Yo creo que ahí está el error. Un tutor es y debe ser un orientador académico, no un sustituto de un padre o de un psicólogo, según los casos. Pienso que la labor de los centros de enseñanza es instruir a los alumnos y acompañarlos en sus primeras etapas de socialización, no servir de sustituto para unos padres ausentes, ni ejercer de terapeutas cuando un chaval realmente tiene problemas.


Creo que es nuestra labor crear durante la infancia esas líneas de comunicación y confianza para que, cuando nuestros hijos sean adolescentes y tengan problemas (que los tendrán), se sientan capaces de acudir a nosotros. Sin vergüenza, sin miedo a decepcionarnos o a ganarse un castigo. Sabiendo que siempre les ayudaremos. Por supuesto, los profesores pasan muchas horas al día con ellos en un entorno en que nosotros no estamos presentes y podrán ser una valiosa ayuda, pero jamás un sustituto. Jamás.


Educar es responsabilidad nuestra.

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