• Luis Melgar

Las Perlas de África (II). El primer deseo de mi hada madrina.

Updated: Apr 19


He dicho alguna vez que algunos afortunados tenemos el privilegio de contar con un a hada madrina. La mía se llama Ana Romero y a lo largo de mi vida me ha hecho ya unos cuantos regalos maravillosos. Quizá el primero fue ayudarme a convertir las Perlas de África en un libro de verdad.

Yo llevaba ya un año enviando puntualmente (o no tanto, recuerdo alguna discusión con Pablo que me decía: «si empiezas algo, ¡tienes que terminarlo!») mis entregas digitales sobre el surrealismo mágico guineano cuando Ana me dijo que aquellos relatos eran tan graciosos que merecían transformarse en un libro. Debía ser, más o menos, primavera o verano de 2014.

—Tengo un gran amigo editor —me dijo—. Te pondré en contacto con él.

Y así fue como Ana escribió un e-mail a Ramón Perelló, por entonces director editorial de Península, para decirle que tenía un gran amigo diplomático que además era escritor: yo. Ramón me llamó poco después. Recuerdo que estaba en mi despacho de la Embajada, en Malabo, un despacho grande y muy blanco, que además de la mesa del ordenador tenía una zona con un sofá para recibir a las visitas.

Nervioso, se senté en el sofá para hablar con este hombre que tenía las llaves de un mundo al que yo siempre había querido acceder.—Me ha dicho Ana Romero que tienes un proyecto sobre Guinea Ecuatorial. Cuéntame.

Le hablé de las Perlas de África, explicándole que era una colección de anécdotas sobre mi vida en el país, pero que pensaba que se le podía dotar de una estructura y crear una suerte de libro de viajes que sirviera para acercar la realidad de la última ex colonia española al lector de nuestro país. A Ramón le interesó la idea, pero recuerdo que también me comentó la posibilidad de escribir una historia de la Guinea de las últimas décadas, desde la independencia hasta la actualidad.

Yo le dije que pensaría en ello (mi lema siempre ha sido «sí a todo») pero que, mientras tanto, le mandaría las Perlas. Le advertí, eso sí, que hasta que no terminara mi misión en Guinea no podría publicar el libro, porque veía un poco incompatible continuar con mi puesto en la Embajada mientras salía a la luz un libro que trataba sobre ese mismo país.

—No hay problema, tú mándamelo.

Así lo hice y después, nada, silencio.

Meses de silencio.





Las editoriales manejan unos tiempos que al resto de los mortales pueden parecernos incompresibles. Los editores leen cientos de manuscritos, el trabajo se les acumula y a veces puedan tardar una eternidad de llegar al tuyo. Pero al final llegan, siempre llegan.

Con toda honestidad, yo ya me había olvidado de Ramón y de aquella conversación telefónica, aunque seguía enviando mis Perlas con una periodicidad cada vez más elástica, cuando recibí un e-mail suyo. Era muy escueto. Me decía que había leído lo que yo le había mandado, que le gustaba y que estaba de acuerdo conmigo: había un buen libro allí. Me daba luz verde y me ponía en contacto con Ana Camallonga, que sería la editora encargada de mi proyecto.

Al contrario que en Casablanca, aquello no fue el inicio de una gran amistad. Comenzaron dos. A día de hoy, tanto Ana como Ramón son buenos amigos.

Le pedí a Ana un poco de tiempo para darle una vuelta a las Perlas. Como había dicho desde un principio, aquello era la materia prima, aún me faltaba encontrarle una estructura al libro, un conflicto, un hilo de desarrollo que evitara que el lector se perdiera en una lluvia infinita de anécdotas.

No me costó trabajo descubrir quién sería ese hilo conductor. Yolanda, la maravillosa mujer que trabajaba con nosotros en casa, la autora de esa frase maravillosa: «¡Los blancos estáis locos!».

Lo hablé con Pablo y con varios amigos con los que comparto esta extraña pasión por la escritura. Hice esquemas, pensé, le di vueltas y al fin rehíce el material que tenía. Al fin se lo mandé a Ana Camallonga y, aprovechando que poco después iba a viajar a Madrid por vacaciones, quedé con ella en el Café Comercial.

—Oye, ¡le has dado una buena vuelta al texto! Si antes ya me gustaba, ahora me encanta. Nos va a quedar un libro estupendo.

Ana me hizo algunas sugerencias, después sacó el contrato y yo lo firmé. Tendría que entregar el manuscrito a finales de octubre de 2016. Quedaba más de un año así que tenía tiempo, tiempo de sobra…

Aquí es cuando debería decir que empecé a trabajar y a tomar notas como loco de que todo lo que sucedía a mi alrededor. Que seguí enviando mis Perlas. Nada más lejos de la realidad. Sabiendo que tenía el proyecto ya encarrilado, me desentendí prácticamente de él hasta que me quedaban pocas semanas para irme de Guinea. Fue entonces cuando me dediqué a hacerle una larguísima entrevista a Yolanda para enterarme de los detalles de su vida que se me hubieran podido escapar. Hice un repaso a las fotos del iPhone para asegurarme de que tenía un registro gráfico de mis aventuras que me permitiera recordarlas y ordenarlas cronológicamente. Consulté también mis e-mails (nunca borro nada) y llegué a la conclusión de que, con eso y mi memoria de opositor, tenía más que suficiente.

Retomé la escritura de Los blancos estáis locos ya en Venezuela, a la vez que iniciábamos el proceso de ser padres, entre viajes a Miami, manifestaciones masivas de la oposición al régimen de Maduro, análisis de esperma para determinar nuestra fertilidad y epidemias de zika. Escribí al menos una tercera parte del libro en aeropuertos, salas de espera de hospitales, aviones y hoteles de Florida.

Pero esa es otra historia.


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