La noche cae sobre Shanghái. Cómo empezó todo.
- Luis Melgar

- 3 days ago
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Durante mucho tiempo supe que, tarde o temprano, acabaría entrando en el territorio del thriller histórico. Me apetecía. No solo porque es un género que permite jugar con la intriga, el ritmo y el suspense, sino porque ofrece algo que siempre me ha interesado mucho como escritor: la posibilidad de asomarme a un momento decisivo del pasado y contar, a través de sus personajes, cómo las grandes fuerzas de la historia irrumpen de golpe en la vida de personas concretas.
Esa idea llevaba años rondándome. Lo que no sabía aún era cuál iba a ser el escenario adecuado. O, mejor dicho, cuál iba a ser el escenario inevitable. Ese escenario era Shanghái.
Mi marido, nuestra hija y yo llegamos a China en 2019. Entonces no podía imaginar hasta qué punto este país iba a marcarme. Siete años después, cuando nuestra aventura china toca a su fin, siento que he tenido el privilegio de conocer este mundo desde dentro, de vivirlo con intensidad, de admirarlo, de estudiarlo y, en no pocas ocasiones, de dejarme deslumbrar por él e incluso irritarme por muchas cosas que no me terminan de encajar en esta China actual… y, precisamente por eso, me pareció que este era el momento perfecto para escribir una novela ambientada aquí. O, más exactamente, para escribir una novela ambientada en una de las ciudades más fascinantes, contradictorias y novelescas que han existido jamás.
El Shanghái de 1935 parecía reunirlo todo. Era una ciudad moderna y arcaica al mismo tiempo, refinada y brutal, internacional y profundamente china. Una ciudad fragmentada en concesiones extranjeras, recorrida por diplomáticos, empresarios, periodistas, refugiados, policías, espías, aventureros y delincuentes. Una ciudad donde el lujo más sofisticado convivía con el tráfico de opio, donde las grandes potencias medían sus fuerzas mientras el mundo avanzaba hacia el desastre, donde cada hotel, cada club nocturno y cada consulado podían ocultar una historia. O muchas.
Como novelista, me resultaba imposible resistirme a un lugar así. Había, además, algo que me atraía de una manera muy concreta: la presencia española en Shanghái. Es un tema poco conocido y, sin embargo, enormemente sugestivo. España no tuvo allí una gran concesión propia, pero sí una comunidad pequeña y muy singular, con diplomáticos, comerciantes, empresarios y hasta pelotaris. Esa colonia española, casi olvidada hoy, me ofrecía un punto de entrada literario perfecto. Me permitía contar Shanghái desde una mirada cercana y, al mismo tiempo, abrir la puerta a un mundo muchísimo más amplio y más complejo.
Poco a poco, la novela empezó a tomar forma. Primero apareció la ciudad. Después, la atmósfera. Y luego llegó una imagen muy precisa: una fiesta de la noche de San Juan en el consulado de España. Había fuego, música, invitados elegantemente vestidos, calor de verano y una aparente sensación de seguridad. Pero, en realidad, todo estaba a punto de romperse. Me gusta mucho cuando una novela nace así, a partir de una escena que contiene ya una promesa de belleza y de peligro. En este caso, además, esa escena me permitía condensar muchas de las cosas que más me interesaban del Shanghái de entreguerras: la diplomacia, la representación social, la tensión política subterránea y esa fragilidad de los mundos brillantes que, de pronto, descubren que estaban construidos al borde del abismo.
A partir de ahí fueron llegando los personajes. Me interesaba contar la historia a través de tres españoles muy distintos entre sí, cada uno con su propia relación con la ciudad y con su propio pasado. Una fotógrafa que se ve arrastrada hacia una investigación mucho más peligrosa de lo que esperaba. Un heredero atrapado entre la lealtad familiar y su propia conciencia. Y un pelotari exiliado que sobrevive como camarero en una ciudad donde nada es del todo limpio. Entre los tres podía recorrer no solo los espacios del Shanghái internacional: consulados, redacciones, clubes, hoteles, mansiones… sino también sus zonas más ambiguas, sus márgenes, sus secretos y sus sombras.
Porque eso era lo que buscaba desde el principio: una novela de intriga, sí, pero también una novela de mundo. Quería que hubiese suspense, conspiraciones, crimen, espionaje y peligro. Pero quería también que el lector sintiera la ciudad. Que paseara por el Bund, que entrara en un club nocturno, que notara el peso de las concesiones extranjeras, que percibiera la mezcla de lujo y decadencia, que entendiera por qué Shanghái fue uno de esos lugares donde el siglo XX pareció adelantarse a sí mismo. En cierto modo, todo lo que luego sucedería a gran escala en Europa y en Asia ya estaba allí, latiendo bajo la superficie.
Tal vez por eso me parecía tan adecuado entrar precisamente aquí en el thriller histórico. Porque Shanghái no es solo un escenario magnífico: es una bomba narrativa. Una ciudad donde todo puede ocurrir y donde, además, todo lo que ocurre tiene resonancias políticas, morales e históricas.
También, lo confieso, sentía que escribir esta novela era una manera de cerrar un círculo personal. Después de estos años en China, necesitaba transformar en ficción muchas impresiones, muchas lecturas, muchas conversaciones, muchos paisajes y muchas preguntas que me han acompañado durante este tiempo. No se trata, por supuesto, de una novela autobiográfica. Pero sí de una novela que no habría podido escribir sin esta experiencia vital, sin esta convivencia prolongada con China y sin la curiosidad que este país me ha despertado desde el primer día.
Ahora, por fin, puedo contar que La noche cae sobre Shanghái llegará a las librerías el próximo 14 de mayo.
En las próximas entradas iré contando más cosas sobre su trastienda: la documentación, la comunidad española en Shanghái, algunos de los escenarios reales que aparecen en la novela y el proceso de construcción de este mundo. Pero hoy quería empezar por aquí: por el origen. Por el momento en que una ciudad, una época y una intuición literaria acabaron encontrándose. Y por la alegría de poder decir, al fin, que esta historia ya está a punto de emprender su propio viaje.









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