• Luis Melgar

Los cuentos de Paula. El Niño Jesús también tenía dos papás.


Por las noches, Paula y yo tenemos nuestro ritual. Primero leemos un cuento, después le doy un baño y, ya limpita y con el pijama puesto, rezamos antes de dormir. La verdad es que le gusta mucho rezar y, más aún, hacerme mil preguntas después de cada oración.


Su primer rezo fue el “Jesusito de mi vida”, aunque todo el asunto de darle su corazón al Niño Jesús nunca ha acabado de encantarle, y eso que le he explicado varias veces que hay dos tipos de corazón, el que bombea la sangre y donde residen el amor y los sentimientos. Después continuamos con las cuatro esquinitas, que le chifla porque los ángeles en general le caen muy simpáticos. Cuando ya se la supo bien me pidió otra y, como estábamos en Navidad, le enseñé el Ave María, la mamá del Niño Jesús. La tía se la aprendió en un par de semanas y dijo que quería otra más, de modo que llegamos al Padre Nuestro.


—¿Padre de quién? —me preguntó.


Yo le expliqué que esa oración se la dirigimos a Dios, que es el padre del Niño Jesús y también el padre de todos nosotros. Sí, ahí me detuve por un instante a penar si debía explicarle que en realidad Dios no es hombre ni mujer, pero me pareció demasiado confuso para una niña que aún no tiene cuatro años. En cualquier caso, su siguiente pregunta tuvo toda la lógica del mundo, porque hacía bien poco que acabábamos de quitar el belén.


—¿Pero el papá del Niño Jesús no es San José?

—Es que el Niño Jesús también tenía dos papás, como tú. Papá San José y Papá Dios.


Os podréis imaginar que el siguiente paso, una vez se aprendió el Padre Nuestro, fue encontrar otra oración para Papá San José. Anduve buscando en internet y, la verdad, no encontré nada ni medio decente, así que al final acabé inventándome una. Ahora, todas las noches, rezamos a la Sangrada Familia entera, con los dos papás del Niño Jesús incluidos, y por supuesto a los cuatro angelitos que lo acompañan.


Entre rezo y rezo, o cuando ya hemos acabado, es el momento de las mil preguntas. Los que sois padres lo sabéis, ¡cualquier excusa es buena para no apagar la luz e irse a dormir! ¿El Niño Jesús está en el cielo con tu padrino, papá? ¿Por qué Dios no tiene cara? ¿Y por qué los ángeles no se ven? ¿Y por qué hay personas que rezan al Niño Jesús y otras que rezan a Buda?


A raíz de Papá San José, tuvimos un incidente gracioso. Mi suegra le había hecho a Paula un belén de punto francamente bonito, así que le rezamos al San José de punto. Pero la cuestión es que también le ha regalado muñecos de punto de Pocoyó y sus amigos, de Harry Potter, de Peppa Pig. ¿Os imagináis la siguiente, no? En cuanto me di la vuelta, me encuentro a Paula de rodillas en si cama, rezando: «Pocoyó de mi vida, que eres niño como yo…».


Anécdotas aparte, la verdad es que Pablo y yo estamos convencidos de la importancia de darle una educación espiritual a Paula. Ella está bautizada y la estamos educando como cristiana aunque, al vivir en China, es forzoso hablar también de otras religiones como el budismo o el taoísmo, que ella ve en su vida cotidiana. Buda en concreto le interesa mucho, quizá porque hemos visitado bastantes templos con imágenes enormes y preciosas del Buda en sus distintas encarnaciones, donde ha visto a gente rezando y encendiendo incienso, o porque le hablo de él cuando la enseño a meditar.



Se me ocurre que, en cierta forma, la tolerancia es parecida a ser políglota. Igual que es más fácil aprender idiomas de niño que de adulto, creo que si exponemos a nuestros hijos a distintas realidades desde que son bien pequeños, será más difícil que de adultos sean intolerantes.

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