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Shanghái 1935, una noche en el Paramount

  • Writer: Luis Melgar
    Luis Melgar
  • 3 days ago
  • 5 min read

El Paramount era el club de moda en Shanghái en 1935. El lugar donde todos querían ir, para ver y para dejarse ver, para hacer contactos, para divertirse, para sentirse vivos.

En la novela, el Paramount es casi como una aparición. En uno de los primeros capítulos, Isabel llega en taxi y lo ve alzarse ante ella «como un cohete a punto de despegar». Ya había cohetes (experimentales) en los años 30, Robert Goddard lanzó el primero de combustible líquido en 1926. El Paramount aparece como algo salido del futuro. La torre, el neón, el nombre brillando en la fachada como una promesa... Cuando entra Isabel, todo se transforma. El futuro da paso al lujo: el mármol claro, las escaleras de caracol, el ascensor dorado, el humo dulce, el perfume caro, la pista de baile aún vacía, las lámparas de cristal, el jazz.

 

El Paramount no es solo un salón de baile. Es un símbolo. Un lugar donde el futuro, la belleza, el dinero, la política, el deseo y el peligro se mezclan hasta volverse indistinguibles.

 

Siempre quise que ese lugar tuviera en La noche cae sobre Shanghái algo más que valor decorativo. Quería que respirara, que pesara sobre los personajes, que se sintiera como uno de esos espacios donde una ciudad se representa a sí misma con toda su ambición, toda su vanidad y todos sus secretos. Porque así debió de ser el Paramount real de aquella época por lo que he podido investigar, y por lo que mis propios ojos han visto cuando he estado allí en mis visitas a Shanghái. Fue uno de esos templos nocturnos en los que Shanghái se contemplaba en el espejo y decidía, una vez más, que era la ciudad más fascinante del mundo. En un sitio así se cruzan diplomáticos, periodistas, empresarios, artistas, aristócratas, oportunistas, cantantes, camareros atentos a todo y mujeres capaces de saber en lo que estaba ocurriendo en toda la sala en un segundo.

 

Precisamente por eso, me hacía ilusión intentar convocar, aunque solo fuera durante unas horas y en Madrid, algo de ese espíritu.

 

Eso fue lo que intentamos hacer el pasado 21 de mayo, cuando celebramos en Lelong Asian Club la fiesta Shanghái 1935, una noche en el Paramount con la que cerramos la primera ronda, algo maratoniana, de presentaciones del libro en España.

 

Lelong tiene algo que lo hacía perfecto desde el primer momento. No porque se parezca literalmente al Paramount, sino porque permite soñar con él. Hay locales que sirven solo como contenedor, y otros que ya cuentan una historia antes incluso de que llegue el primer invitado. Lelong pertenece a esta segunda categoría. Sus columnas de hierro, sus techos altos, el juego de celosías negras, los sofás corridos, la luz ámbar, los rojos profundos, el brillo cálido de la barra, ese aire de club elegante y ligeramente clandestino, todo contribuía a crear la sensación de haber salido de Madrid sin moverse del todo de nuestra capital. No había en el ambiente una reconstrucción museística del Shanghái de los años treinta, que habría sido imposible y seguramente ridícula, pero sí una atmósfera de eco, de homenaje, de fantasía bien entendida... Justo lo que yo buscaba.

 

Y la verdad es que la noche respondió.

 

Nos reunimos allí unas cincuenta personas. Había amigos, escritores, periodistas, diplomáticos, lectores, gente del mundo cultural, invitados de trayectorias muy distintas, y eso me hizo especialmente feliz. Porque una de las cosas que más me atraen del viejo Paramount es precisamente esa mezcla, una constelación entera de mundos que coincidían por unas horas bajo la misma música y la misma luz. Y, salvando todas las distancias históricas, algo de eso ocurrió también aquella noche. Había conversación, curiosidad, elegancia, humor, reencuentros, descubrimientos. Había esa energía tan agradable que nace cuando la gente siente que está participando de algo un poco especial y decide, además, entregarse para que todo esté a la altura.

 

También ayudó mucho la profesionalidad del equipo de Lelong, su cóctel estaba pensado con un guiño deliberado a esa idea de Shanghái como cruce de sabores, refinamiento y bullicio, y que en mitad de la velada apareciera el cortador del pato laqueado como un pequeño espectáculo dentro del propio espectáculo. Me gustaba que la noche tuviera también ese componente sensorial, casi escénico, porque en el Paramount nada debía de ser del todo discreto, ni la música, ni la ropa, ni las entradas, ni la comida, ni la manera misma de mirar.

 

Pero hubo una pieza más, una sorpresa de última hora, quizá la más importante para que la noche terminara de encontrar su alma.

 

En la novela, una de las escenas que más me gusta del Paramount es la aparición de Mei Lanfang, un actor de ópera china que interpretaba personajes femeninos con tal entrega que conseguía desdibujar la línea de los géneros. Isabel lo fotografía en el camerino del Paramount, lo observa maquillarse, ponerse el carmín, desplegar esa delicadeza perfectamente construida y salir luego a escena convertido en una figura que parece desafiar a la vez el género, el tiempo y la realidad cotidiana. Mei aparece como encarnación de algo más profundo, del espectáculo entendido como arte, como ambigüedad, como inteligencia escénica, como una forma muy refinada de poder. 

 

Por eso fue tan especial contar aquella noche con Edna Sorgelsen, que por la amistad que nos une voló desde Bruselas para ser la anfitriona de este Paramount onírico. Me emocionó mucho ese gesto, pero además su presencia terminó de dar sentido a la fiesta. Edna fue una figura capaz de alterar inmediatamente la atmósfera de la sala. Tenía exactamente esa mezcla de glamour, teatralidad, humor, presencia y precisión escénica que una noche así necesitaba. No se trataba de «hacer de Mei Lanfang», claro, ni de forzar comparaciones simplistas. Pero sí había un hilo hermoso entre ambos, y eso era la conciencia de que el escenario, el cuerpo, el vestido, el gesto y la mirada pueden convertirse en un arte en sí mismo. Y en ese sentido, Edna supo encarnar a la perfección el espíritu de aquellas noches en que el espectáculo no era un añadido, sino una forma de elevar la realidad.

 

Verla allí, recibiendo a los invitados entre el rojo, el negro y el dorado del salón, fue una de esas imágenes que se te graban para siempre y justifican por sí solas una fiesta. Todo pareció encajar de golpe: el club, la novela, la música, los trajes, las conversaciones, la sensación de que la noche podía volverse un poco más intensa, un poco más bella, un poco más libre de lo previsto, hasta un poco más canalla...

 

Tras una semana intensísima de trabajo en Pekín a mi vuelta de España, he vuelto a mirar las fotos para escribir estas líneas, y he sentido que, al final, lo que más me gustará recordar de ese día es no solo que el ambiente fuera hermoso, que lo fue. Ni que la gente se divirtiera, que también. Lo que más aprecio hoy, es la impresión de que durante unas horas el mundo de la novela dejó de estar encerrado en sus páginas. Que ese Shanghái de 1935 que llevo tanto tiempo imaginando logró proyectar algo de su luz sobre una noche madrileña. Que el Paramount, con su mezcla de lujo, música, promesa de aventura y peligro, volvió a abrir sus puertas, aunque fuera de otra manera, en otro tiempo y en otro continente.

 

Y esa era la verdadera intención de la fiesta: invocar un pasado, sacar de la tinta del libro una noche legendaria para que su eco nos rozara un instante. Durante unas horas, creo que lo conseguimos.

 

Y ojo, que pronto tendremos más…


1 Comment


miguelavilesparra
2 days ago

Pedazo de libro, de verdad. Y la presentación… una pasada. Me ha gustado muchísimo.

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