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Todo sobre Isabel

  • Writer: Luis Melgar
    Luis Melgar
  • Jun 29
  • 5 min read

Una mujer entra sola en un club de Shanghái. Fuera, está lloviendo. Dentro, la orquesta toca un foxtrot para un público compuesto de perfectos desconocidos que quizá nunca vuelvan a encontrarse. Ella es rubia, lleva una cámara al hombro y no está dispuesta a que nadie le explique cómo funciona el mundo.

Así imagino a Isabel cuando pienso en ella. Alguien que no se rinde, que vive el mundo como una aventura constante. Una mujer que alterna la redacción del periódico con una recepción en el Consulado, que se mueve a su antojo por callejones, clubes nocturnos y casas de mala reputación. ¿No le tiene miedo a nada? No es eso, claro que siente miedo, como todos. Pero eso no la detiene. Escucha, observa, pregunta. Y, cuando los hombres a su alrededor intentan protegerla, silenciarla o decidir por ella, tiene la respuesta preparada. Una versión más educada de «vete a paseo».

Isabel fue el primer personaje que apareció en La noche cae sobre Shanghai. Llegó antes que la trama, antes que el oro del Rin, antes que Miguel y Asier. Antes incluso de que yo supiera exactamente qué historia quería contar. Eb cierto sentido, fue ella la que me desveló la historia que yo quería contar.

Durante mucho tiempo pensé que era una invención pura: una fotógrafa española, moderna e independiente, perdida (¿o encontrada?) en el Shanghái de los años treinta. Con el tiempo comprendí que no. Isabel estaba hecha de varias mujeres. Algunas reales. Otras leídas. Una, sobre todo, muy querida.

La primera fue mi abuela Consuelo, la Lela.

Mi abuela era aproximadamente de la edad de Isabel y se le parecía mucho físicamente: rubia, guapísima, con unos ojos azules que impresionaban a cualquiera. Pero lo que más me fascina de ella no es su belleza, sino lo que significó para su tiempo. Estudió Filosofía y Letras en una época en la que llegar a la universidad seguía siendo, para muchas mujeres españolas, una excepción casi extravagante. Hablaba varios idiomas y desarrolló una carrera profesional en la radio internacional española, en aquel universo de ondas cortas que conectaba un país encerrado en sí mismo con quienes vivían más allá de sus fronteras.

Me gusta imaginarla en un estudio de radio, rodeada de papeles, voces extranjeras, mapas y horarios imposibles. Una mujer culta, moderna, curiosa, que soñaba con un mundo más grande que el que la vida parecía dispuesta a concederle.

También conoció a Federico García Lorca. No fueron íntimos, pero sí lo bastante cercanos como para que él le dejara una de esas frases que parecen inventadas por un novelista. Lorca le dijo una vez: «Merecías ser morena y llamarte Macarena». Es una frase preciosa, absurda, teatral y profundamente lorquiana. En la novela, Federico le escribe esas mismas palabras a Isabel. No podía evitarlo. Era una manera de devolverle a mi abuela una frase que, de algún modo, le pertenecía.

Pero Consuelo no fue Isabel.

Mi abuela vivió una vida distinta, más difícil y más limitada. Como tantas mujeres de su generación, terminó dentro de un matrimonio y una existencia que no había elegido del todo para sí misma; una vida que no la hizo feliz. No se trata de juzgar la historia con la tranquilidad de quienes hemos llegado después. Se trata, más bien, de reconocer hasta qué punto las mujeres podían ver reducidas sus decisiones por la familia, la moral, las expectativas y el miedo a salirse del camino marcado.

Isabel nació, un poco, de esa tristeza, de esa melancolía por una vida no vivida. Quise imaginar para mi abuela una vida alternativa. Una vida en la que pudiera viajar sola, trabajar, enamorarse sin pedir permiso, equivocarse, enfadarse, hacer amigos inconvenientes, entrar en lugares donde se suponía que una mujer decente no debía estar. Una vida en la que pudiera mirar a los hombres que intentaban explicarle el mundo y responderles que ya lo había entendido perfectamente, gracias.

La segunda mujer que ayudó a darle forma fue Emily Hahn, una de las figuras más extraordinarias del Shanghái de los años treinta. Hahn, a quien llamaban Mickey, era escritora, corresponsal, viajera y una mujer que parecía haber decidido muy pronto que no iba a conformarse con el corsé de mujer respetable. Llegó a Shanghái en 1935 y escribió sobre China mientras la ciudad se acercaba lentamente a la guerra, al bombardeo y a la invasión japonesa.

No me interesaba tanto su leyenda, que incluye opio, fiestas imposibles y hasta un gibón vestido para cenar, como su manera de estar en el mundo. Hahn no aceptaba el papel de extranjera decorativa, de mujer elegante confinada a los cócteles de la Concesión Internacional. Quería comprender la ciudad, entrar en ella, equivocarse en ella, perderse en ella.

Y, sobre todo, Hahn se enamoró de Shao Xunmei. Él era poeta, editor, dandi y una de las figuras más magnéticas del Shanghái moderno. Había estudiado en Europa, publicaba revistas vanguardistas y se movía entre escritores, artistas, aristócratas, empresarios y aventureros. La relación entre Emily Hahn y Shao Xunmei fue intensa, compleja y bastante escandalosa para la época. También fue una puerta. Gracias a él, Hahn pudo acercarse a una China intelectual y urbana que muchos extranjeros apenas veían desde fuera.

Por eso Shao aparece en La noche cae sobre Shanghai como compañero de Isabel en el periódico. No podía dejarlo fuera. Su presencia permite que Isabel atraviese una frontera decisiva, la que separaba el Shanghái de los extranjeros del Shanghái chino. La ciudad de los clubes, los consulados y los hoteles era fascinante, pero la verdadera novela empieza cuando Isabel logra mirar más allá.

Emily Hahn me dio a Isabel algo muy concreto: su Shanghái. La ciudad vivida desde dentro, no como postal ni como decorado orientalista, sino como una criatura contradictoria, moderna, brutal, sensual y llena de personas que trataban de inventarse una vida mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor.

La tercera inspiración llegó mucho más tarde y pertenece a otro tiempo. Oriana Fallaci. No pretendí que Isabel fuera la Fallaci, por supuesto. No comparte su época, su nacionalidad ni su biografía. Pero sí hay algo de la joven Oriana que me interesó desde el primer momento en que la leí: esa necesidad casi física de estar donde ocurre la historia. De no conformarse con escuchar la versión oficial. De volverse incómoda. De seguir preguntando cuando los demás ya se han rendido.

Me llama especialmente la atención la Fallaci periodista, la mujer que entró en redacciones y escenarios de guerra dominados por hombres y se negó a ser tratada como una intrusa. La que convirtió la ironía, la inteligencia y una cierta furia moral en herramientas de trabajo.

También Isabel tiene algo de eso. Su desprecio por la condescendencia masculina. Su impaciencia ante quienes la subestiman. Su tendencia a ir demasiado lejos. Su incapacidad para aceptar que la prudencia sea siempre una virtud.

Consuelo, Emily y Oriana son mujeres muy distintas. Una pertenece a mi memoria familiar; otra, al Shanghái que intenté reconstruir; la tercera, a mis lecturas y a una idea del periodismo como aventura. Pero las tres me ayudaron a entender quién era Isabel, alguien que no iba a aceptar una vida diseñada por otros.

No sé si la ficción puede reparar nada. Probablemente no. No puede cambiar el pasado de mi abuela ni devolverles a tantas mujeres las decisiones que nunca pudieron tomar. Pero sí puede abrir una pequeña puerta hacia lo que habría podido ser. Puede imaginar a una mujer que toma un barco, llega a Shanghái, compra una cámara, entra en una redacción, se enamora de quien no debe y decide que su vida, por difícil que sea, le pertenece.

Esa mujer es Isabel. Y me gusta pensar que, en algún lugar, también es mi abuela.




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